Releyendo Ciencia Nueva. Nro. 5, octubre 1970. Páginas 5 a 13. Por Barry Commoner

Las alteraciones del medio ambiente por influencia de los adelantos tecnológicos se hacen cada vez más evidentes y graves. La energía nuclear, el transporte automotor, los insecticidas y fertilizantes se impusieron a la sociedad antes de conocerse sus peligros a largo plazo. El hombre ha sido rápido para cosechar los beneficios de la tecnología, pero lento para percibir su precio.

Tecnología versus medio ambiente

“Todos sabemos que algo anda muy mal en la relación entre la tecnología y el medio ambiente, que hay que aprender urgentemente la lección que nos impone la progresiva contaminación del aire y de nuestras aguas superficiales, como así los problemas que proliferan en el medio ambiente urbano. Lo que es menos claro es en qué consiste esa lección.”

“Es opinión general que la corrupción ambiental es la consecuencia de fallas relativamente secundarias de nuestra tecnología: la falta de depuradores adecuados en las chimeneas, el tratamiento insuficiente de las aguas servidas, la ausencia de filtros en los caños de escape de los automóviles, etc. Sin embargo, existen pruebas evidentes que demuestran que la corrupción ambiental que ahora estamos experimentando, se debe, no a fallas menores de nuestra tecnología, sino a causas más graves. Un ejemplo es el hecho de que, en gran parte, el problema actual de la contaminación del agua no se debe al empleo de una tecnología inadecuada de depuración de las aguas servidas sino, más bien, al éxito mismo de esa tecnología. Los procedimientos actuales de tratamiento de las aguas servidas se crearon para disminuir el porcentaje de residuos orgánicos en el sistema biológico de autopurificación de las aguas superficiales, al convertir estos residuos en productos inorgánicos, supuestamente inocuos. Este sistema de tratamiento de aguas residuales tiene bastante éxito en el logro de su objetivo. Sin embargo, el sistema está fracasando, debido a que sus mismos productos inorgánicos son convertidos de nuevo en materiales orgánicos por los vegetales que forman parte del sistema biológico acuático, frustrando así el objetivo inicial del proceso de tratamiento.”

No hay lugar para el optimismo

“Ninguna manifestación optimista, ninguna decisión gubernamental, puede eximirnos de afrontar una profunda realidad de la vida moderna: que el ambiente exige un alto precio por los desarreglos que la tecnología introduce en él. La gran ilusión de que podemos evitar el pago de este precio está alimentada por los enormes logros de la tecnología. La tecnología está am-pliamente acreditada por muchas de las buenas cosas de la vida moderna: el aumento de la productividad agrícola, nuevas fuentes de energía, industrias automatizadas, transporte enormemente acelerado, un vasto aumento en el volumen y velocidad de comunicaciones, mejoras espectaculares en la medicina y la cirugía. La tecnología ha magnificado grandemente el bienestar que produce la labor del hombre, ha alargado nuestras vidas y endulzado los frutos de la vida. Todo esto estimula la fe en que la tecnología es una cosa realmente buena.

Hasta cierto punto esta fe se justifica: el auto moderno o el reactor nuclear son, verdaderamente, un triunfo tecnológico. En cada uno de ellos están englobados los enormes descubrimientos de la física y la química modernas, y las habilidades exquisitas de la metalurgia, la electrónica y la ingeniería. Nuestro éxito está en la construcción de estas máquinas, nuestra falla está en su utilización. Una vez que el auto sale de fábrica y entra al ambiente se transforma; se revela como un agente que ha vuelto carcinógeno al aire urbano, ha cargado nuestros cuerpos con niveles casi tóxicos de monóxido de carbono y de plomo, ha introducido partículas patógenas de asbesto en nuestros pulmones y ha contribuido significativamente a la contaminación con nitrato de las aguas superficiales. Similarmente, el diseño y la construcción de un reactor nuclear compendian todas las artes de la ciencia y la tecnología modernas. Sin embargo, una vez que comienza a funcionar, amenaza ríos y lagos con sus aguas sobrecalentadas y a los seres humanos con su radiación.

Ya hemos pagado un precio elevado por nuestras ilusiones. Por las ventajas del transporte automotor pagamos el precio de la contaminación y las enfermedades causadas por el smog. Por los efectos poderosos de los nuevos insecticidas pagamos el precio de la disminución de la vida silvestre y la alteración de los sistemas ecológicos. Por la energía nuclear arriesgamos los peligros biológicos de la radiación. Al aumentar la producción agrícola con fertilizantes, incrementamos la contaminación del agua.

Si queremos triunfar como habitantes de un mundo cada vez más transformado por la tecnología, necesitamos reconsiderar nuestras actitud hacia el mundo natural. En la búsqueda ansiosa de los beneficios de la ciencia y la tecnología modernas nos hemos dejado tentar por un espejismo casi fatal: el de haber, por fin, escapado a la dependencia del hombre respecto de la Naturaleza.

La verdad es trágicamente distinta. Nos hemos vuelto, no menos dependientes del equilibrio de la naturaleza, sino más dependientes de él. La tecnología moderna ha puesto tanto en tensión la trama de los procesos en el ambiente animado, en sus puntos más vulnerables, que ha quedado poco margen de equilibrio en el sistema. Disponemos de poco tiempo. Debemos comenzar ahora a aprender qué hacer para que nuestro poder tecnológico se ajuste a las necesidades más poderosas del ambiente en el cual vivimos”.

A sólo un mes de finalizada la Cumbre Río+20, y 40 años después que Ciencia Nueva publicara esta nota de Barry Commoner, vemos, sin sorpresa, cómo los interrogantes siguen siendo los mismos. La única certeza es que cada vez hay menos tiempo.

 

Foto de http://www.flickr.com/photos/endymion120/

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